una de las mandas forzosas y raro es el que muere, que además de cumplir con tan piadosa obligación, no deje en su testamento una limosna a dicho hospital. El señor de Echevarría concurre con una igual a la del hospital de San Juan de Dios, y por esto solo se llama y se dice delante del Rey, fomentador principal y protector de dicho hospital.
En igual caso están los conventos de los Mendicantes de esta ciudad y sus fábricas; da una corta limosna para ellos y con esto pone un freno a los prelados que los gobierna como él quiere, hace todos los capítulos y se mete a gobernar en lo más interior de los claustros, y cuando por rara casualidad, hay algún prelado que se le oponga a la más leve cosa, suspende dicha limosna y no la continúa hasta que se le haya satisfecho en aquella parte. La fábrica de la iglesia de los padres de la Merced tiene más de veinte años desde que se plantó la primera piedra, durará otros tantos y más sin acabarse, si no hay algún piadoso que se dedique a ello, y el Illmo. se hace un mérito delante del Rey, de fomentador y protector de dicha fábrica.
Entra en el número de sus obras pías, la fábrica de la casa de Recogidas, cuyos gastos, hasta la cantidad de cuarenta mil pesos, suplió de su caudal y patrimonio el Dr. Don Luis Peñalver, presbítero secular y vicario auxiliar de esta ciudad, a quien ha satisfecho con la promesa de consultarlo para su obispo auxiliar y con la presente visita de esta ciudad que se le ha encargado. También contribuyeron a esta fábrica, las muchas multas que el Excmo. señor Marqués de la Torre aplicó a favor de ella, y el señor obispo tiene representado a la Corte que él la fomentó y fabricó a su costa.
Las iglesias de los Curatos rurales carecen de toda la decencia de templo de Dios, y de todo lo que exige la solemne celebración de los divinos oficios. Los continuos y diversos huracanes que padecen y sufren en esta costa, han puesto muchas parroquias en la triste situación de poner y conservar el divino Sacramento en una choza de paja para el consuelo y veneración de los pueblos. Los santos curas, llenos de un celo propio de su encargo, han escrito unas cartas llenas de