Colombeia

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papeles, sin inventario ni otra formalidad, se supusieron para estas violentas ejecuciones órdenes del Señor Virrey que no había, a no ser que S. E. (lo que no es creíble de su notoria justificación) las hubiese dado antes de haber tenido la menor sospecha ni informe contra nuestra conducta y al mismo tiempo que estaba aprobando nuestras operaciones. Y no es razón que se omitan las falsedades que se fueron publicando desde el instante que nosotros quedamos en Zacatecas, aplicando a cuantos asistimos a V. S. I. en sus males, sin excluir al reverendo padre Prefecto de las Misiones de propaganda fide, al Sargento Mayor Don Matías de Armona y a los Capitanes Cuéllar y Vildosola, el nombre horrible de traidores, afirmando haber visto la conjuración firmada por todos nosotros y refiriendo, en comprobación de ella, sucesos inventados con tan poco acierto que surtieron un efecto enteramente contrario al que se deseaba. ¿Se persuadiría V. S. I. que nunca llegaría esto a nuestra noticia, puesto que nos estaba privada toda comunicación? Pues crea V. S. I. que pudiéramos anotar varios pasajes semejantes a la sesión que en la Villa de Lagos tuvo el lego Betlemita con el Conde de Santa María de Guadalupe y con el Oficial Real Cleere, empleando todos sus artificios por el espacio de dos horas para persuadirlos a la conjuración, a las calenturas malignas, a las heridas de las botellas rotas, a la suspensión de correos y a todas las otras quimeras que se forjaron con ninguna reflexión por cierto, porque a los ojos se viene que los que las escuchaban habían de preguntar ¿qué hacía el Señor Visitador mientras sus Dependientes ejecutaban tantas y tan atroces maldades? ¿Cómo se libertó de sus manos? ¿Por qué razón no les mandó cortar la cabeza teniendo autoridad para ello y la tropa de una expedición a su orden? ¿Quién le estorbó para que por seis meses dejase de escribir al Señor Virrey sobre las traiciones de que se veía cercado? ¿Qué respetos o miramientos le obligaron a tener cerca de su persona en los viajes, en los desiertos y en las poblaciones unos hombres comprometidos solemnemente a su ruina? Centenares de reparos de la misma naturaleza ocurrirían al más ignorante, al oír las declamaciones