cituado al pie (íc un Antiquísimo Castillo arruinado del proprio nombre que está sobre una altura—aqui pasamos la noche en una malísima Ostaria como las antecedentes; mas una buena botella de montepulchano (pr. 5 pao:) nos hizo dormir bien… ia casi no se ve a gricuítura, y los caminos son baste. Malos.
AguaPendente buon pan, buon vino, lo segundo no es cierto, é cativa gente.
23.
Partimos á la hora acostumbrada (5. m.), y por fortuna hace el mejor tiempo del mundo, sin lo qual, con las muías, Viturino, y caminos qe. tenemos, no seria posible andar adelante—en fin, á las 11 llegamos á la peqa ciudad de Aguapendente (g): aqui tomamos una fritada para reparar el fresco que hacia, pues las ventanas de la posada (y era la mejor) jamas avian tenido cosa que lo reparase sin exclusión de la Luz.—aqui presenciamos un pasage curioso, de una criada de la Posada, que se combino con unos Pasageros que hivan acia Siena (que ella no avia visto jamas) pa que la llevasen gratis en su calesa, bien entendido qe. ella les havia de pagar con sus favores al Viturino, y 3. mas; y todo esto se resolvió en media ora de tiempo; muchacha onesta según paresia, é informava la Patrona… nuestro Viturino hacia de Apóstol predicando el evangelio con fervor de santidad; mas poco después ia estava en éxtasis al ordinario.—en fin
(g) Una Posta antea se encuentran le Dogana del Papa sobre la
situado al pie de un antiquísimo castillo arruinado del propio nombre que está sobre una altura. Aquí pasamos la noche en una malísima hostería como las antecedentes, mas una buena botella de Montepulciano —cinco páolos— nos hizo dormir bien. Ya casi no se ve agricultura y los caminos son bastante malos.
«Acquapendente Buon pan, buon vino, Lo segundo no es cierto
e cattiva gente»
23 de enero. (Estados Pontificios)
Partimos a la hora acostumbrada, cinco de la mañana, y por fortuna hace el mejor tiempo del mundo, sin lo cual con las muías, vetturino y caminos que tenemos, no sería posible andar adelante. En fin, a las once llegamos a la pequeña ciudad de Acquapendente. Aquí tomamos una fritada para reparar el fresco que hacía, pues las ventanas de la posada —y era la mejor— jamás habían tenido cosa que lo reparase, sin exclusión de la luz. Presenciamos aquí un pasaje curioso de una criada de la posada, que se combinó con unos pasajeros que iban hacia Siena —que ella no había visto jamás— para que la llevasen gratis en su calesa, bien entendido que ella les había de pagar con sus favores al vetturino y a tres más. Todo esto se resolvió en media hora de tiempo; muchacha honesta, según parecía e informaba la patrona, nuestro vetturino hacía de apóstol predicando el evangelio con fervor de santidad, más poco después ya estaba en éxtasis como al ordinario. En fin,
Una posta antes se encuentra la aduana del Papa, sobre la frontera, donde no fue preciso detenernos porque nuestros cofres estaban sellados en Livorno, y así no se abren hasta Roma, que es lo mejor, y esto solo cuesta tres páolos. Inmediato se pasa por un arroyo peligrosísimo en invierno y muchas veces intransitable. Los pasajeros están entonces obligados a aguardar aquí hasta que el tiempo lo permita… por no reparar un puente