Colombeia

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obras agradables y de gusto. Europa, que no tenía los ojos puestos sino en Vm., Señor, no ignoraba que Vuestra Majestad, que sostenía, solo, una horrible guerra contra tantas potencias formidables, no discontinuaba sus lecturas, y que librando batallas diariamente, encontraba tiempo para escribir libros. Yo estaba entonces en el primer fervor de mis estudios; los libros y las noticias de Alemania me hicieron considerar, bajo un punto de vista más extenso, lo que había sido objeto de reflexión para Dubos y el Conde Algarotti. Poco satisfecho además del espectáculo de las Bellas Artes del señor de la Combe y de las consideraciones del señor Méhégan sobre el mismo tema, hojeé con otros guías, la historia universal de la Literatura y tracé, aumentando al menos de tres cuartos, el cuadro que acabo de reproducir. Alimentado de la lectura de los antiguos, imbuido de las máximas de Quintiliano y de Rollín, estaba persuadido que son los grandes modelos y las reglas establecidas por los grandes maestros los que forman los buenos escritores; que la decadencia y la corrupción del gusto