que fuere, el canto eclesiástico y las «Barcarolas» (g), han dado existencia a la música teatral, de la misma manera que los misterios representados en las iglesias y asociados a las bufonadas de los italianos y a las «soties» de los franceses, echaron las bases del teatro mismo, antes de que se pensara en imitar las tragedias griegas y las comedias latinas. ¿Debo de nuevo decir que desde Gui de Arezzo hasta Pergolese, Paesiello, Rameau, Mayo, Graun, Naumann, Galluppi, Hasse y Jomelli, por no hablar sino de los vivos, han pasado de cinco a seiscientos años? ¿Debo también decir, que desde que hay óperas en todas las Cortes de Europa se reparten los sentimientos de igual manera, y la concurrencia nacional es tan fuerte y animada en materia de música como en las demás artes? Ciertamente no entraré en esta discusión, pero estaré casi de acuerdo con un autor español que da a su nación la preferencia por la música de iglesia; a los italianos la del teatro; a los alemanes la música instrumental y a los franceses la teoría del arte (h). Sin embargo, no puedo dispensarme de hacer esta observación: que es