Colombeia

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concepto que ha formado de que nosotros estamos poco satisfechos del patrocinio de V.S.I. Porque ¿qué diligencias, qué esfuerzos ha hecho V.S.I. con su autoridad para libertarnos de la persecución que hemos padecido y que V.S.I. ha debido tener por injusta? Todavía no sabemos que V.S.I. pueda citar otro paso dado a nuestro favor que el de haber dicho a S.E. al llegar a México, que V.S.I. perdonaba a sus Dependientes. Tal vez V.S.I. habrá repetido en otras ocasiones algunos oficios semejantes a éste, pero estamos bien distantes de agradecerlos por beneficio, sin temer por eso la infame nota de desconocidos. Lejos de regular por favor lo que V.S.I. dijo al Señor Virrey, asegurándole que el perdón que nos otorgaba lo había prometido a Dios en sus aras, creemos que en ello nos hizo V.S.I. una notable y dolorosa ofensa. La palabra perdón supone delito y ninguna hubiera podido ser más oportuna para persuadirlo, si V.S.I. se hubiese propuesto sorprender la justificación de S.E. ¿Qué culpa, qué agravio nos perdonaba V.S.I.? ¿Acaso el haber sido participantes de sus tareas y afanes en California y Sonora? ¿Acaso el haber trabajado a su lado con la más recta y exacta fidelidad y con una constancia más que común? ¿Acaso el haber asistido a V.S.I. en sus largas y penosas enfermedades con más amor, esmero y respeto que si hubiera sido nuestro padre? ¿Acaso el haber informado de la calidad de ellas al Excmo. Señor Virrey, Jefe Supremo del Reino, y como decía V.S.I. repetidas veces, su mayor amigo? No es cosa difícil adivinar cuál de estas cosas graduó V.S.I. o quiso hacer pasar por delito: será la última sin duda. Pero mirado nuestro procedimiento en esta parte por cualquier lado y por V.S.I. mismo, no sabemos por qué capítulo podrá calificarse de delincuente. Después que con una madurez y un pulso que pusieron nuestras operaciones a resguardo del inadaptable nombre de muchachadas que ha querido dárseles, reconocimos