la especie de accidente que V.S.I. padecía; no debimos ocultársela al Excmo. Señor Virrey por cualquiera de los dos respectos, de amigo de V.S.I. y de Jefe Superior del Reino. Por el primero, ningún inconveniente se seguía de que se hallara noticioso del fatal estado de V.S.I.; y por el segundo, no debía S.E. estar ignorante de una novedad tan clásica y grave, capaz de unas consecuencias de la mayor entidad. De bulto se presentan Señor limo., los daños que se hubieran seguido de ocultar a S.E. el deplorable estado de V.S.I., si se pone un poco de atención en la importancia de las comisiones y negocios que le estaban encomendados a V.S.I., y a la gran distancia en que se hallaba de la capital. Nosotros hubiéramos sido responsables a Dios y al Rey de los atrasos y perjuicios que resultasen de un silencio tan culpable; y entonces, sí que nos hubiéramos constituido reos de delitos incapaces de excusa y de perdón.
Si tanta era la necesidad de dar parte al Señor Virrey de aquellos funestos acaecimientos, no pudimos ocurrir a ella con más miramientos hacia V.S.I., que encaminando nuestros informes reservados y concebidos en los términos más prudentes y moderados, por mano de Don Francisco Machado, dejando a su arbitrio el pasarlos, o rio, a manos de S.E. Reconocemos que esta facultad dada a Machado fue excesiva, pero nunca fuimos escrupulosos en lo que podía contribuir a beneficio y obsequio de V.S.I. y no obstante que la certeza de las noticias que participábamos a S.E. apoyadas algunas veces en diarios y relaciones del cirujano mayor de la Expedición de Sonora, y siempre en el uniforme dictamen de cuantos veían a V.S.I. (ajenos todos de la menor sospecha de aversión a un Jefe que entrañablemente amaban) nos ponía a cubierto del más remoto recelo en orden a las resultas de nuestros informes; no quisimos sin embargo, que se les diera curso sin la aprobación anticipada del Dependiente más autorizado de V.S.I. cerca de la persona del Señor Virrey.
No parece que éste tuvo arbitrio, ni tampoco Don Juan Antonio Valera, para dejar de entregar nuestras cartas al Excmo, Señor Virrey, y advirtiendo de paso ser bien