a servir de instrumentos oficiosos para el martirio de sus compañeros, no obstante de que conocían su inocencia y de que uno de ellos a ley de hombre de bien, estaba obligado a ser su defensor para corresponder a la confianza que les había debido. No puede servirles de disculpa ni a ellos ni al curandero Betlemita el decir que dieron asenso a las quejas de V. S. I. (acostumbrados a darle crédito en todo) porque nadie ignora que los que padecen la enfermedad que V. S. I., cobran un odio implacable a los que les asisten porque los contienen y dejan de complacer en muchas de las cosas que intentan contra su propio bien.
Ahora pues Señor Ilustrísimo ¿cómo es posible que sabiendo V. S. I. todo esto y debiendo creer que nosotros no lo ignoramos, quiera asegurarnos que no le queda la menor duda de haber hecho cuanto podía contribuir en verdadero bien nuestro? Si no es que V. S. I. nos quiera persuadir que la prisión, el nombre de traidores, el de ingratos, y todos los demás oprobios que hemos padecido sean verdadero bien nuestro. ¿Y qué mucho que V. S. I. nos regule distantes de entrar en este conocimiento? El es el más particular y extraño que se ha oído y confesamos que no alcanza, ni alcanzará jamás nuestro corto entendimiento a comprender la bondad verdadera de las ofensas recibidas en lo más vivo de la honra y de las penalidades con que han sido afligidas nuestras personas durante el tiempo de ocho meses.
Hasta aquí la contestación al primer capítulo de la carta de V. S. I., y entremos ahora a responder al segundo, en que V. S. I. se sirve ofrecernos un total olvido para cuanto sea beneficio nuestro, de los motivos con que dimos causa a las justas y económicas providencias que debimos sentir, o por mejor decir hemos sentido. Después de tributar a V. S. I. las debidas gracias por cuanto manifiesta que en lo sucesivo se tomará interés en nuestras prosperidades o a lo menos no se opondrá a ellas, permita V. S. I. que extrañemos con la mayor admiración el que se llamen Justas las providencias dirigidas contra nosotros; y que le hagamos patente con breves reflexiones, que aún debemos estar más distantes de conformarnos con semejante declaración, que de reconocer la protección