de V. S. I. en nuestra desgracia actual como acabamos de decir.
En primer lugar; no sabemos cómo pueda pasar por justa aunque se llame económica, y concedamos de gracia que fuese mandada por el Señor Virrey, la providencia de ponernos en una prisión no menos rigurosa que la que se ordenaría para unos facinerosos por solas las guerras de V. S. I. sin otra delación ni otros motivos de sospecha. Decir que el fraile Betlemita desde Chiguagua dio a entender al Señor Virrey nuestros delitos, no es suficiente excusa, porque nosotros ya estábamos en la prisión antes que V. S. I. recibiese las contestaciones de las cartas enviadas a S. E. desde aquella villa y desde el Valle de San Bartolomé; y aun dado el caso de que el informe del Betlemita hubiese llegado antes que se mandara nuestro arresto ¿es posible que el dicho voluntario y desnudo de pruebas de un hombre que tiene apariendas de venal, preponderase al concepto de lealtad y de honor que justamente merecíamos al Señor Virrey, según lo manifiestan sus cartas y las órdenes que nos dio para la conducción de V. S. I. a esa capital? ¿Es posible que se diese más fe a ese fraile lego, autor o ejecutor de quiméricos enredos, que al R. P. Prefecto de las Misiones, religioso que con razón ha debido a V. S. L, como a cuantos le han conocido, los mayores elogios por su virtud y por sus talentos, y más fe que a Don Matías de Armona, Don Lope de Cuéllar, Don Bernardo de Gálvez, sobrino de V. S. I. y al cirujano mayor de la expedición de Sonora, los cuales a una con nosotros participaron las noticias en cuestión? Seguramente que éstos para con todo el mundo serán reputados por demás veracidad y excepción que el Betlemita, como que le aventajan sin comparación, en todas circunstancias. ¿Es posible que porque ese fraile apoyó atropelladamente las guerras de V. S. I., siendo así que recaían sobre sucesos que él no había presenciado, se desatendiesen las representaciones e informes del Gobernador de Sonora, Don Juan de Pineda, del Coronel Don Domingo