Colombeia

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espectadores de nuestra tragedia, no atribuyen, no, nuestras desgracias a la justicia económica, sino a las máximas de una política extraña y muy errada. Vea V. S. I. cómo piensan las gentes y cómo pensamos nosotros. Creyeron V. S. I. y algunos de sus Dependientes, que con ponernos presos a nosotros mantendrían suspenso el juicio de todos, sobre las voces que habían corrido de la dolencia de V. S. I., sin resolverse a darles crédito, pues que veían los aparatos de un horrible castigo para los autores de tales voces. ¡Qué pensamiento tan equivocado! No se sabría en la Nueva España que nosotros habíamos avisado a persona alguna el estado de V. S. I., si sus Dependientes de México no tuvieran la ligereza de publicar nuestras cartas y así ninguna noticia en este particular se creerá entonces bastantemente fundada para quitar todo género de dudas; pero luego que se divulgó nuestro arresto y que la causa de él era haber participado al Señor Virrey la especie de accidente de que adoleció V. S. I., a nadie le quedó duda, ni el menor escrúpulo de la certeza de lo que con variedad se había hablado cuando V. S. I. todavía estaba en Sonora. Porque ¿cómo era dable que se persuadiera alguno a que se habían equivocado en un asunto de esta clase y de tanta consecuencia, los Dependientes y criaturas de V. S.I.? ¿Ni que hubiesen procedido a ello sin los fundamentos necesarios, dando un paso en que ellos hacían la pérdida mayor? ¿Quién más interesado que Don Bernardo de Gálvez, único sobrino de V. S. I., Don Matías de Armón a y Don Lope de Cuéllar que tantas pruebas de afecto y agradecimiento tenían dadas a V. S. I., y que con mucha razón ocupaban el primer lugar entre sus hechuras y apasionados? ¿Quiénes más interesados que nosotros, escogidos por V. S. I. entre los demás Dependientes, para acompañarle en sus más importantes y trabajosas expediciones, esperanzados de lograr una fortuna brillante por medio de su protección en recompensa de un mérito adquirido a su propio lado e ignorado de otros jefes? ¿Quién pues, volvemos a decir, más interesados que nosotros en mirar por el crédito y buen nombre de V. S. I.? ¿Es posible que por capricho (o por muchachadas, según Valera) nos hubiésemos empeñado en nuestra propia desgracia, desacreditando a un jefe que no sólo era