Colombeia

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protector, sino que en las voces y en los hechos cumplía con nosotros las funciones de verdadero padre? Estas son, Señor Ilustrísimo, las reflexiones con que ha tropezado el más tardo entendimiento, y aquel que por apurar más la dificultad, ha recurrido a la malicia, examinando si era posible o verosímil, que el soborno, la venganza u otras causas semejantes nos hubiesen precipitado a un exceso de maldad; además de no haber encontrado en nosotros ni remotos indicios de tales vicios, se ha visto embarazado de mil imposibles y de razones inconciliables, que le han hecho desistir de su temeridad, conociendo evidentemente que nuestras tropelías y persecuciones, las ha producido una idea muy mal entendida, violenta y nada cristiana. ¿Si en nosotros hubiera cabido (sólo el pensarlo nos horroriza) el infame y gravísimo delito de perder a V. S. I., o porque hubiésemos recibido dinero o por otro indigno motivo, habíamos de haber escogido el partido inverificable de fingir en V. S. I. por tiempo de seis meses, una enfermedad que no padeciese, siendo así que es la más conocida de todas? ¿Y en el caso de habernos adaptado, sea por lo que fuese, este descabellado arbitrio, habíamos de permitir que V. S. I. durante su supuesta enfermedad, fuese visto por centenares de personas y tuviese proporción, como la tenía, de escribir y hablar a todo el mundo? ¿Hubiéramos solicitado en nuestras cartas a S. E. con la mayor eficacia, como lo hicimos desde la primera, que V. S. I. fuese conducido a México que era lo mismo que presentarle, donde se pusiera de manifiesto la enorme impostura nuestra? Dejemos estas tristes reflexiones y suspendamos el enojo que nos ocasiona el que en vez de satisfacción se nos remueven las antiguas y profundas heridas que recibimos, llamando justos los agravios que hemos sufrido. Tiempo es ya de entrar en la contestación de la postdata de puño propio de V. S. I., y dando por supuesto que tenemos obligación