V. S. I. no se ha hecho disminuir en las Cajas Reales de México sus sueldos. ¿Se acuerda V. S. I. de que muchas veces, y especialmente en las primeras jornadas, después de salir de México, nos dijo que en orden a sueldos nada tendríamos que desear y que seguramente no quedaríamos descontentos? Es preciso que V. S. I. tenga presente ésta y otras muchas ofertas semejantes, que a la verdad eran propias de un amoroso padre. Y si por nuestra desgracia, de un año a esta parte hemos experimentado en V. S. I. un modo de pensar diametralmente opuesto al anterior, logramos el consuelo de no haber dado nosotros la menor causa para tan sensible novedad. Todo el mundo ha visto que ningún motivo ni casualidad ha sido bastante para alterar en nosotros ni un punto, la veneración, el afecto y el agradecimiento que profesábamos a V. S. I. Nos hemos portado siempre como verdaderos hijos de V. S. I. sin exceptuar tiempos ni diferenciar circunstancias. Vivimos muy satisfechos de haber cumplido exactamente, no sólo con las obligaciones de nuestros empleos, sino con las de un agradecimiento filial a V. S. I. Siempre fue nuestro primer objeto manejar las confianzas y encargos que V. S. I. se sirvió hacernos, con la mayor fidelidad y celo. Nuestra aplicación que suplía bien la escasez de Dependientes, mereció no pocas veces alabanzas de V. S. I. El conato que empleábamos a fin de ayudar a V. S. I. en sus tareas y aliviarle de una gran parte de sus cuidados, fue siempre tan sobresaliente que a nadie pudo ocultarse. Nuestro esmero en la custodia y buen orden de los papeles del servicio del Rey (que jamás lograba V. S. I. de los otros Dependientes en México) llegó a rayar en nimiamente escrupuloso. Jamás se reconoció en nosotros falta alguna de constancia en los trabajos y penalidades inexcusables de las largas peregrinaciones hechas por los desiertos de Californias, de Sonora y Nueva Vizcaya. Las operaciones de V. S. I. tuvieron en cada uno de nosotros un panegirista incansable. Olvidados de descanso y de las comodidades propias, todo nuestro interés, todos nuestros deseos se cifraron en mirar por el honor de V. S. I. Pendientes siempre de su voluntad, era nuestro mayor empeño aven