citado nuestra curiosidad, los diccionarios y las bibliotecas vienen a agobiarnos con una erudición disparatada y peliaguda, o a entretener nuestra desidia engalanándonos de conocimientos superficiales. Trato en mi discurso de conducir al lector por todas estas revoluciones, haciéndole observar el origen y conocer los autores. Se preguntará quizá, como la historia literaria de veinte siglos y de varias naciones, que parece exigir una larga serie de volúmenes, sobre todo acompañada de frecuentes reflexiones, ha podido reducirse a algunos cientos de páginas. Diré primero que la historia de uno solo de vuestros antepasados, ha suministrado la materia de dos gruesos infolios a un historiador muy serio y sensato, como lo es Puffendorf; y que no obstante, no se busca en otro sitio sino en las Memorias de Brandemburgo, las vidas y los retratos de tantos Electores y de los dos Reyes que os precedieron. Estoy lejos de vanagloriarme de un tal éxito, pero vuestro ejemplo, Señor, y el de Montesquieu, que no temió reducir en un sólo folleto la historia Romana sobre la cual