dignado de la pregunta que hizo el padre Boúhours, según el cardenal du Perron: si un alemán podía ser un hombre culto. En tiempos de Enrique IV, la pregunta no era tan impertinente. Estas tres partes están contenidas en el primer volumen; las dos siguientes abarcan un espacio de tiempo más corto, pero un fondo igualmente variado y temas de reflexión que exigen más amplitud.
La cuarta parte incluye el siglo de Luis XIV, que comienza con el ministerio de Richelieu y termina con el del cardenal de Fleury. Hablo en ella de los autores que lo han ilustrado, con el mismo elogio que le hacen los mismos franceses. Pero no estoy siempre de acuerdo con ellos sobre las causas de este estado de perfección y esplendor a que han sido llevadas la elocuencia y la poesía bajo Luis XIV. El señor de Voltaire, a quien se le han escapado pocas cosas en este sentido, será no obstante más de una vez mi garante. En la época de Addisson, Pope y Bolingbroke, donde termina el siglo de Luis XIV, se verán otros autores y otras obras atraer la atención de la Europa literaria. Es el tema de la quinta parte. Obser