prisión, empeñándose, que es lo más gracioso, en que habíamos dado sospechas de ser reos de Lesa Majestad, bien que de segunda clase. Esta segunda clase, especialmente, fue para nosotros un hallazgo muy digno de celebrarse.
Los cargos o indicios son tan fútiles que no merecen la pena de referirse, pero anotaremos algunos que sirvan de muestra. A mí, Arguello, se me reconvino de no haber admitido los empleos que V. S. I. me daba en la misión de Vres, y de haberme alojado al pasar por el Real de los Alamos con Don Matías de Armona, en casa de Don Eusebio Beleña, sabiendo que este sujeto había, cuatro meses antes, tenido con V. S. I. una desazón de que ya quedó reconciliado antes que V. S. I. saliese de dicho Real. A mí, Viniegra, se me cargó la mano sobre las enfermedades que había padecido, queriendo sin duda inferir de ellas (no se sabe con qué dialéctica) que cabía sospecha fundada de haber sido falsos nuestros informes a S. E. Y yo, Azanza, fui interrogado y reconvenido sobre haberse encontrado una carta en que el Coronel Elizondo me ofrecía informar al Señor Virrey (si me parecía conveniente) de la buena conducta que había tenido en Sonora; sobre haberse despachado un correo a S. E. sin noticia de V. S. I.; sobre haberme resistido a que se diera curso al despacho de Cordillera que V. S. I. firmó en la Villa de Chiguagua, porque se oponía a las órdenes que se acababan de recibir del Señor Virrey; sobre haber salido a recibir en compañía de Don Lope de Cuéllar al fraile Betlemita, cuando por disposición del S. E. iba a encargarse de la curación de V. S. I.; sobre haber escrito al propio Cuéllar desde el Valle de San Bartolomé, que echaba menos la dulce y bien avenida República antigua, aludiendo a la uniformidad de pareceres con que antes de la llegada del fraile se tomaba por todos y con acierto, cualquier determinación y al despotismo que éste empezaba a ejercitar; y últimamente sobre haberse hallado en la papelera de V. S. I. un apunte de letra