Colombeia

Cardenales con sus medias encarnadas y vestido corto de terciopelo… finalmte. á las 4 llegamos á la Porta d'il Popólo, antiguamte. Porta Flaminia, y ciertamte. que ninguna Ciudad de Europa tiene un Yngreso tan bello y magestuoso como este—de aqui nos acompaño un guarda pr. toda la Strada d'il Corso, á la Doganadi térra construida sobre el antiguo Templo de Antonino Pió del qual se conservan aun 11 grandes columnas de marmol caneladas que adornan la fachada, con sus arquitraves (de un solo pedazo de marmol todos, friso &c... de un bonísimo gusto… aqui fué el Diablo para dexarme pasar mis cofres, porque en ellos venían algunos libros, que no eran mas que la descripción de varias Ciudades de italia qe. io havia Comprado al paso—no huvo remedio, era menester el permiso del Comisario de la Ynquisicion para entregarlos!... en fin, un billete que se le escrivio pr. el Duanero á dho. Comisario qe. por fortuna estava en Casa, nos facilito el permiso (qe. no dexó de costar 3 pao: pa la chocolata al Duanero), y nos marchamos a buscar alojamiento siendo ia de noche—en una Casa qe. mi compañero creía encontrarlo, no le avia, y asi nos fué preciso tomarlo en una malísima posada por aquella noche. 26. Por la mañana fui á ver a mi Banquero il Sige. Giogia, quien me recivio con suma política, y al instante me habló de materias Políticas asegurándome con sinceridad que avia conosido particularmte. Á Grimaldi, y el paresia sugeto de muí inferior capacidad—que por Moñino, y Azara era otra cosa.— en fin io me marche á mis negocios aviendo tomado cinquenta sequines que necesitava: pasé
cardenales con sus medias encarnadas y vestido corto de terciopelo. Finalmente a las cuatro llegamos a la Porta «del Popólo», antiguamente Porta Flaminia, y ciertamente que ninguna ciudad de Europa tiene una entrada tan bella y majestuosa como ésta. De aquí nos acompañó un guarda por toda la strada del Corso, a la Aduana de Tierra construida sobre el antiguo Templo de Antonino Pío, del cual se conservan aún once grandes columnas de mármol canaladas que adornan la fachada, con sus arquitrabes, de un solo pedazo de mármol todo, friso, etc. de un buenísimo gusto. Aquí fue el diablo para dejarme pasar mis cofres, porque en ellos venían algunos libros que no eran más que la descripción de varias ciudades de Italia que yo había comprado al paso. No hubo remedio. Era menester el permiso del comisario de la Inquisición para entregarlos. En fin, un billete que se le escribió por el aduanero a dicho comisario, que por fortuna estaba en casa, nos facilitó el permiso —que no dejó de costar tres páolos para el chocolate del aduanero— y nos marchamos a buscar alojamiento siendo ya de noche. En una casa que mi compañero creía encontrarlo, no lo había y así nos fue preciso tomarlo en una malísima posada, por aquella noche. 26 de enero. Por la mañana fui a ver a mi banquero el señor Giogia, quien me recibió con suma política y al instante me habló de materias políticas, asegurándome con sinceridad que había conocido particularmente a Grimaldi y le parecía sujeto de muy inferior capacidad; que por Moñino 47 y Azara 48 era otra cosa. En fin, yo me marché a mis negocios habiendo tomado cincuenta cequíes que necesitaba. Pasé