del Pais lo usan, sean del estado ó profesión que sean—en fin llegamos a tiempo de ver toda la función, que realmte. es digna de la Consideración de un hombre que piensa: que fausto, que absurdidades!... como es posible que los Pueblos haian prestado veneración, y creencia, á unas ridiculeces semejantes!... desde luego desafio á los Dervishes, tomadores, y ladradores (allahú, allahú) que nos den una Scena semejante… —En fin, alli estava el Sumo Pontífice, con sus Cardenales, y Obispos; estos sentados por tierra de la manera mas humillante, y aquellos en sillas altas con sus caudatarios a los Piesen esto me párese aun qe. hai un poco de incongruidad, atento qe. muchos de los Cardenales ni aun Sacerdotes son.—quando su Santidad oficia en la misa le traen la Ostia á su silla pa qe. alli con todo descanso la Consuma; y asi mismo el sanguis que lo bebe pr. un tubo de oro, como las Limeñas el mate.—finalmte. concluio toda la funsion después de las doce; y io me baxé á S. Pietro pa ver á su Santidad mas de serca, y en vestido familiar — efectivamte. todos los dias á la una del dia compárese el Pa… por la puerta de S. María (qe. comunica pr. un Soterraneo con el Vaticano) en chinelas carmesíes, bata blanca á modo de robe de Chambre, y empolvado como un petimetre Parisién, se dirige en pasos mesurados y algo de remeneo, á la estatua sedente de S. Pedro qe. está al conmedio de la Yglesia, y de pie, apoia su frente sobre el pie de dha. estatua, mete la corona pr. debaxo de quando en quando, bésalo por ensima tres veses, sierra los ojos meneando mucho los Labios como qe. resa; repite las mismas muecas pr. Un quarto de hora; y luego se retira á hacer oración á la confezione di S. Pietro, arrimado al primer pilastron del
del país lo usan, sean del estado o profesión que sean. En fin, llegamos a tiempo de ver toda la función, que realmente es digna de la consideración de un hombre que piejisa. ¡Qué fausto, qué absurdidades! Cómo es posible que los pueblos hayan prestado veneración y creencia a unas ridiculeces semejantes! Desde luego, desafío a los Derviches, «tourneurs» y ladradores (allahú, allahú) que nos den una escena semejante. En fin, allí estaba el Sumo Pontífice, con sus cardenales y obispos; éstos, sentados por tierra, de la manera más humillante y aquéllos en sillas altas con sus caudatarios a los pies. En esto me parece que hay aún un poco de incongruidad, considerando que muchos de los cardenales ni aún sacerdotes son. Cuando Su Santidad oficia en la misa, le traen la hostia a su silla para que allí con todo descanso la consuma, y asimismo el sanguis, que lo bebe por un tubo de oro, como las limeñas el mate. Finalmente concluyó toda la función después de las doce y yo me bajé a San Pedro para ver a Su Santidad más de cerca y en vestido familiar. Efectivamente, todos los días, a la una del día, comparece el Papa por la puerta de Santa Marta, que comunica con el Vaticano por un subterráneo, en chinelas carmesíes, bata blanca a modo de «robe de chambre» y empolvado como un petimetre parisién. Se dirige en pasos mesurados y algo de remeneo, a la estatua sedente de San Pedro que está al conmedio de la iglesia, y de pie, apoya su frente sobre el pie de dicha estatua, mete la corona por debajo de cuando en cuando, bésalo por encima tres veces, cierra los ojos meneando mucho los labios como que reza. Repite las mismas muecas por un cuarto de hora y luego se retira a hacer oración a la Confesión de San Pedro, arrimado al primer pilastrón del