Los más grandes aprovecharon de los mediocres, tanto como éstos de los primeros. Nada de lo que había hecho Sanmicheli y Facciotto de Urbino; nada de lo que habían escrito durante más de dos siglos León Bautista Alberti, Alberto Durero y sobre todo, Francisco Marchi, ha sido inútil para el Mariscal de Vauban y para su émulo Coehoorn. Rafael mantenía dibujantes en toda Italia y en Grecia, para procurarse el conocimiento de lo que no podía ver con sus propios ojos; y se sabe igualmente que se vanagloriaba en apropiarse de las figuras y dibujos de un César de Sesto, su amigo, pintor de lo más mediocre. Este gran hombre, como nos lo asegura Vasari, su alumno, se formó estudiando lo antiguo, Medioevo y moderno, enriqueciéndose con todo. Es lo que justamente hicieron, en dos tipos de poesía diferente, Ariosto y el Tasso; Corneille y Racine. Vuestra Majestad ha tenido la ocasión más de una vez, sin duda, de observar como la arquitectura tuvo en Italia la misma suerte que la poesía. Precisamente en la época en que Chiabrera y Marini querían ponderar a Petrarca y al Tasso, el caba