llero Bernini comenzaba a alejarse del estilo de Palladio y Scamozzi, Francisco Borromini, arquitecto, por cierto ingenioso y hábil, llegó hasta insultar al Bernini, porque no lo seguía en sus extravagancias y caprichos. Era en el mismo tiempo en que Ciampoli y Achillini miraban con desprecio a los poetas antiguos y modernos que no habían dado como ellos con el defecto del estilo ampuloso, de las antítesis y de los conceptos brillantes y afectados.
Las revoluciones que la música ha causado en la poesía moderna, me han llevado a hacer sobre esto algunas observaciones. Casi no se duda de que nuestro canto eclesiástico, que ha precedido todas las composiciones teatrales de los tres últimos siglos no tenga algo de la música de los griegos. Pero, ¿podremos persuadirnos que el canto introducido en la iglesia de Milano hacia fines del siglo IV, o en la de Roma a finales del VI, imitando al de Alejandría o al de Constantinopla, guarde todavía mucho dé la música de Esparta o de Atenas? Si debiésemos juzgar según el estado en que se encontraba en el siglo VI,